En El señor de los anillos, el objeto de poder que hace que los bravos protagonistas anden de cabeza es símbolo del pecado y por consiguiente de la muerte.
No obstante, en el prefacio de su gran obra maestra, Tolkien confesó que detestaba la alegoría y que El señor de los anillos carecía de mensaje oculto. Pero su fe católica transpira por los poros de su gran novela de caballerías, siendo copiosas las semejanzas que se observan entre las inolvidables aventuras de los hobbits y los dramáticos sucesos narrados por los evangelistas.
Sea como fuere, el anillo, en la citada obra de Tolkien, es lo que aparta a los hombres de lo recto y de lo justo. Es traicionero, consume a su portador y lo conduce a la muerte. Por eso advierte el mago Gandalf, que ante todo es sabio, que "los anillos no deben usarse a la ligera". La traducción alegórica, que encaja perfectamente con el sentido de las palabras del mago, viene a ser la siguiente: El pecado no debe tomarse a la ligera. Interpretación que el propio Frodo comparte a gritos: "¡Es horrible el poder del Anillo. Ojalá nunca lo hubiese encontrado!". Finalmente, el mismo creador de la Tierra Media, en el pórtico de su magna obra, revela para qué sirve el misterioso objeto de poder que a todos tienta: "Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas"...
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lunes, 4 de mayo de 2020
La Gran Guerra del Anillo y el misterioso objeto de poder que la provoca
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miércoles, 1 de abril de 2020
Don Quijote y su Discurso de la Edad Dorada
Siguiendo los pasos de Hesíodo y San Pablo, Cervantes desarrolla en su inmortal obra maestra un discurso acerca de la Edad Dorada, comparando a los hombres de entonces con los de su época. Los tres coinciden en que la humanidad se va degradando progresivamente, en contra de la opinión actual que considera que el hombre progresa hacia las mejores y más acabadas evoluciones de la especie.
Los escritores antiguos de Grecia y Roma dividían la historia en cuatro edades: la de oro, la de plata, la de bronce y la de hierro. En cada uno de esos períodos la vida era peor que en el anterior: así, mientras que en la edad dorada reinaba la felicidad, en la de hierro dominaba la crueldad, la violencia y el egoísmo.
Lo maravilloso del capítulo XI del Quijote, en el que se recoge el discurso citado, ya no es el discurso en sí, sino el cuadro en el que lo recita Don Quijote; pues después de comerse unos tasajos de carne "del tamaño de un puño" junto a su escudero Sancho Panza y unos cabreros con los que se habían topado, toma un puñado de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, pronuncia el lunático estas sabias palabras:
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