En El señor de los anillos, el objeto de poder que hace que los bravos protagonistas anden de cabeza es símbolo del pecado y por consiguiente de la muerte.
No obstante, en el prefacio de su gran obra maestra, Tolkien confesó que detestaba la alegoría y que El señor de los anillos carecía de mensaje oculto. Pero su fe católica transpira por los poros de su gran novela de caballerías, siendo copiosas las semejanzas que se observan entre las inolvidables aventuras de los hobbits y los dramáticos sucesos narrados por los evangelistas.
Sea como fuere, el anillo, en la citada obra de Tolkien, es lo que aparta a los hombres de lo recto y de lo justo. Es traicionero, consume a su portador y lo conduce a la muerte. Por eso advierte el mago Gandalf, que ante todo es sabio, que "los anillos no deben usarse a la ligera". La traducción alegórica, que encaja perfectamente con el sentido de las palabras del mago, viene a ser la siguiente: El pecado no debe tomarse a la ligera. Interpretación que el propio Frodo comparte a gritos: "¡Es horrible el poder del Anillo. Ojalá nunca lo hubiese encontrado!". Finalmente, el mismo creador de la Tierra Media, en el pórtico de su magna obra, revela para qué sirve el misterioso objeto de poder que a todos tienta: "Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas"...
