viernes, 28 de agosto de 2020

Un beso en la frente


Una llovizna menuda ha empezado a caer mientras contemplo desde los soportales de la plaza el achatado y armonioso frontispicio de la catedral de Mondoñedo. Dado el lugar y las circunstancias, hubiera sido un pecado no dedicar un buen rato a la contemplación de sus azafranados sillares, por lo que permanezco arrebujado un lapso indefinido en ese ambiente sobrenatural que empapa la misteriosa geografía del extremo noroccidental de España.

Otros viajeros antes que yo fijaron sus miradas en esas piedras centenarias, expuestas con orgullo a los periódicos temporales gallegos, y muchos otros después de mi visita lo habrán hecho ya y seguirán haciéndolo. ¿Pero con qué intención? ¿Con qué ánimo? ¿Guardando qué clase de recuerdos?

La basílica de la Virgen de la Asunción es hoy uno de los puntos de referencia más destacados para los peregrinos que viajan a Santiago de Compostela por los caminos del norte. La actual sede episcopal, que data del siglo XII, se trasladó al interior con el beneplácito papal unos tres siglos después de arraigar en las costas cantábricas, muy cerca de Foz, para eludir las incursiones de los pueblos escandinavos. Seguramente las amenazas vikingas sirvieron para templar el ánimo de aquellas gentes, robustecieron su carácter, les permitieron disfrutar más de los placeres sencillos y les dispusieron para las cosas santas.

Al penetrar por fin en el templo descubro un espacio uncido, sencillo, que invita al ensimismamiento. De pronto siento como si hubiera embarcado en una nave de diversos estilos que se desentiende del mundo exterior. Predomina el silencio y la sombra, herida por un tímido chorro de luz que se cuela por el bello rosetón románico. Por su parte, en sus piedras venerables y porosas se han filtrado durante siglos infinitas misas e incontables gestos de hospitalidad silenciosa. 

Precisamente un gesto de humilde caridad que allí contemplo me encoge el corazón. 

En una de las capillas de la girola, cercana a la entrada del interesante museo diocesano, en el punto de mayor penumbra y soledad, llama mi atención un peregrino solitario. Está sentado en un banco, con los ojos cerrados. Tiene el pelo largo, que parece recién lavado, y lleva los pies descalzos, que permanecen apoyados sobre una fina moqueta. Ante él está el Cristo de la Buena Muerte, pero el peregrino parece sumido en un estado de recogimiento interior. ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Recorre solo el Camino? ¿Lo hace para cumplir una promesa? ¿Para sanar? ¿Para limpiarse de los tóxicos de la rutina diaria? ¿Para huir del presente mundo de locos, que progresa como el oleaje embravecido y nos empuja a todos hacia su orilla-despeñadero? ¿Para ser mejor persona? ¿Para pedirle a Dios que le conceda perseverar hasta el final? 

El peregrino continúa sentado mientras un hombrecillo se acerca por la derecha. Pasa por delante de mí, y como si no hubiera reparado en mi presencia, se aproxima al peregrino. Es un sacerdote anciano que probablemente padece de las articulaciones. Acto seguido, toma entre sus manos la cabeza del peregrino y le da un beso en la frente. Luego se aleja dando pasos cortos e inseguros y desaparece por una puerta. 

El peregrino no ha abierto los ojos. ¿Qué pensará? La escena me ha impresionado. Quizá ha sido un guiño del destino. Al mismo tiempo, el Señor se ha cobrado varios pájaros de un tiro. Pienso que la vida nos ha querido enseñar algo, y también conmovernos. Tal vez quisiera que yo estuviera allí en ese instante para poder contar a los demás que hay gestos silenciosos de una bondad infinita.

Salgo de la catedral y todavía cae el sirimiri. El mundo exterior sigue latiendo, y en Mondoñedo el orvallo es como maná caído del cielo in aeternum

Después de todo, me hago unas fotos junto a la estatua de Álvaro Cunqueiro y me entran ganas de volver al hotel para continuar la lectura de los fantásticos relatos reunidos en Flores del año mil y pico de ave. Pero antes hago un alto en el cementerio, para honrar la tumba del escritor, que no encuentro; y entro en la parroquia gris de Nuestra Señora de los Remedios, donde hago una oración, dejo unas monedas y me llevo un librito donde viene recogida la novena dedicada a la patrona de Mondoñedo.

En fin, a diario, entre el nacimiento del sol y su ocaso, acontecen miles de historias, miles de acciones buenas y piadosas; pero de entre de todas ellas, la gran mayoría pasan inadvertidas, y quedan por tanto ocultas, envueltas en una capa de discreción y reserva, haciendo a pesar de todo su efecto. Transformándonos sin saberlo, como la semilla de la parábola, que crece y se desarrolla, como el Reino de Dios, en secreto.


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