Los tres aldabonazos retumbaron como las pisadas de un rinoceronte iniciando una embestida. Segundos después, volvieron a vibrar las paredes de la casa, debido a otra ristra inmisericorde de manotazos. Al otro lado de la puerta se oía refunfuñar a un hombre, peleado con los objetos que poblaban su valija: no encontraba las llaves de la puerta.
Con miedo al principio pero con regocijo al final, los habitantes de la casa se acercaron hasta la entrada principal. El primero de ellos fue Teo.
—¡Es el abuelo! ¡Ya está aquí el abuelo Reiner! —exclamó el niño, al saber que su admirado abuelo regresaba por fin después de un largo viaje. Y abrió él, entusiasmado, antes de esperar a que su madre o su abuela se adelantaran. En esas circunstancias no le reñirían.
Por más que había visto a su abuelo, al niño le seguía impresionando vivamente aquel hombre. Sin duda seguía siendo corpulento a pesar de la edad, que su nieto creía legendaria. Parecía medir casi dos metros de alto. De tez albina y cabello rojizo, el niño nunca lo había conocido sin lucir su espesa y sublime barba bermeja o sin llevar elegantes trajes hechos a medida, complementados en todo momento con pañuelos estampados de colores llamativos y corbatas o pajaritas originales. Y raras veces lo había visto, además, sin sus distinguidos sombreros, de los cuales poseía docenas, de todos los modelos imaginables y comprados en los más exóticos países. Con todo, lo que más le impresionaba con diferencia del abuelo Reiner era su potente voz, recia como la de un barítono, que amplificaba su eco poderoso cuando hablaba con pasión inusitada de todo lo que le atraía o interesaba. Y sin embargo aquel hombre era afable y noble, de trato dulce y exquisito, como los dátiles que a menudo les traía de Argelia. De hecho, una pincelada en su rostro revelaba sin lugar a dudas ese talante suave y cordial: unas mejillas sonrosadas que aparentaban polvos encarnados a modo de colorete.

