«Quería olvidar unos amores desgraciados, y pensé recorrer el mundo en romántica peregrinación (...). Decidido a correr tierras, al principio dudé sin saber adónde dirigir mis pasos: Después, dejándome llevar de un impulso romántico, fui a México. Yo sentía levantarse en mi alma, como un canto homérico, la tradición aventurera de todo mi linaje». Así comienza la Sonata de estío de Ramón María del Valle-Inclán, la segunda aventura amorosa en ser publicada (1903) de las cuatro que forman las memorias del Marqués de Bradomín. En ella pone el escritor español toda la carne en el asador, creando una historia tormentosa y erótica hasta el sacrilegio, a partir de una prosa convertida en música. Esta sonata es de la tetralogía la más preciosa de todas. Y su mayor gloria, que el autor es capaz de transmitir en ella la sensualidad y los aromas de la Tierra caliente.
