La última de las sonatas de Ramón María del Valle-Inclán, la de invierno (1905), concluye las memorias del Marqués de Bradomín, un donjuán de tintes erótico-satánicos al que le ha llegado, después de innumerables correrías amorosas, la hora de la vejez. Las cuatro novelitas del maestro gallego, excelsas y virtuosas, son un monumento de las letras hispanas; acaso alejadas de los gustos e inquietudes de los tiempos que corren, pero de innegable calidad literaria.
